“No habrá más penas y olvidos” es la segunda novela del periodista y escritor argentino Osvaldo Soriano (6 de enero de 1943 – 29 de enero de 1997). La historia transcurre en un pequeño pueblo (Colonia Vela, cercana a la ciudad cabecera del partido bonaerense que da al mismo su nombre, Tandil), en el que se produce el enfrentamiento de dos fracciones del peronismo: la que representa al intendente de Tandil (Guglielmini) y la corporizada en la figura del delegado municipal (Ignacio Fuentes). Y, aunque en el texto las referencias a las “Triple A” resulten elípticas, resulta claro que éstas son las tropas traídas de la ciudad por la conspiración fascista y que el delegado y sus, a priori, insolventes aliados para el desafío armado que se les presenta, vendrían a ser lo que el mismo autor algunas vez refiriera como “los peronistas que sí lo eran…”. A dicho el propio Soriano sobre su libro: “Escribí ¨No habrá más penas ni olvido¨ acá, en 1974, aunque muchos creen que fue durante el exilio. Era un momento difícil de mi vida. Mi viejo se estaba muriendo. Yo estaba muy sensibilizado por ese disparate que ocurría en el país y que nos desbordaba en todos los aspectos: ¿qué era eso de que Perón bautizara como peronistas a quienes no lo eran y echara peronistas que sí lo eran?…”[1]

El relato se sitúa en la última presidencia de Juan Domingo Perón, que se iniciara el 23 de septiembre de 1973 y que no podría completar a causa de su fallecimiento el 1º de Julio de 1974.

El escenario geográfico se encuentra en un pequeño pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, Colonia Vela, donde todos se conocen con todos (y esa particularidad vuelve más desopilante y provocador al relato). El escenario político social es un país donde por momentos pareciera que “todo es peronismo”; los “buenos” y los “malos” hacen fondo blanco con “la vida por Perón” y a partir de éste axioma justifican posiciones, interés y acciones hasta antagónicos entre sí.

El mismo autor, en el prólogo a la novela en su 1º edición española, sostiene que el líder del movimiento peronista “…regresó al país en medio de una grave conmoción a la que él mismo había contribuido; su movimiento estaba dividido por lo menos en dos grandes fracciones: aquella que lo veía como un líder revolucionario y otra que se aferraba a su ascendiente sobre las masas para impedir la victoria popular. Este malentendido – por absurdo que hoy parezca – es uno de los tantos orígenes de la tragedia argentina”.

En el mismo prólogo dirá, además, que la novela “excluye de la acción a todos los demás protagonistas políticos y sociales de aquel momento para ceñirse a ésta satírica observación del fenómeno peronistas”.

Una vez iniciada su 3º presidencia, Perón iniciaría una implacable depuración de “elementos de izquierda”. La juventud (representada por la organización guerrillera Montoneros y la Juventud Peronista), no obstante ello, reivindicó hasta el final su adhesión al líder e insistía en creer que la furia del jefe era otra argucia en su presunta lucha contra la oligarquía y el imperialismo. Dice Soriano en el mismo prólogo: “… utilizó una curiosa estrategia de gobierno: descalificó como ¨infiltrados¨ a aquellos a quienes todo el país conocía como peronistas, incluso a viejos militantes de la primera hora (representados en ésta novela por el delegado municipal Ignacio Fuentes) y bendijo como peronistas a muchos advenedizos que habían contribuido a su caída en 1955 y se batieron contra él hasta poco antes de su regreso (el personaje del martillero Guzmán los ejemplifica en el relato)”.

El autor describe la constitución del movimiento peronista de entonces, donde dos grandes grupos de adherencias se enfrentan violentamente entre sí. Por un lado, los peronistas revolucionarios con afinidades a la izquierda del arco político (habiendo incluso, como se sabe, corrientes revolucionarias armadas), principalmente la organización guerrillera Montoneros y la Juventud Peronista. Y, por el otro, los burócratas peronistas con ascendencia netamente fascista. En el correr del relato se vislumbra el accionar del propio Perón, a través de la superestructura creada por su ministro López Rega, que lleva a cabo la depuración de los componentes de la izquierda del peronismo: principalmente jóvenes y militantes sociales (“Tenés infiltrados”).

Con diálogos notables, con escenas por momentos desopilantes (un bombardeo con bosta de animales), un exquisito humor negro y una acertadísima velocidad narrativa, Soriano refleja una época plagada de absurdos, traiciones e ideales. Todo con inocultable pulso profundamente argentino.

Ignacio Fuentes, el delegado municipal de Colonia Vela, y su asistente Mateo son acusados de traidores al movimiento peronista. “Comunistas” es la calificación que reciben y son centro de una conspiración en la que participan el comisario local, el intendente de Tandil, un dirigente del justicialismo local (Suprino) y mano de obra importada de otros lugares (con innegables parecidos a las tropas de las Triple A). Lejos de amilanarse ante la embestida (“…váyanse a la puta madre que los parió, Perón o muerte.”), Ignacio reacciona atrincherarse en la sede de la intendencia local para evitar, como sea, lo que considera es un golpe de estado, una farsa inconcebible.

Una novela brutal, original, tragicómica y muy entretenida. Un relato que merece la atención de todos aquellos que se interesen de alguna manera por la historia argentina reciente.

 

 

SOBRE EL AUTOR            

 

“Escribe como si corriera…” 

José Pablo Feinmann   

                       

Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata un 6 de enero de 1943, hijo de Araceli Lola Mora y Alberto Francua, un inspector de Obras Sanitarias que por su trabajo fue trasladando a su familia por distintas provincias de nuestro país. Con este ritmo de vida, Soriano pasó su infancia en San Luis y Río Cuarto. Mientras que su adolescencia lo tuvo 8 meses en Tandil y finalmente la familia se instaló en Cipolletti (Río Negro), donde completó sus estudios secundarios.

A los 26 años realizó sus primeras aproximaciones al periodismo cuando se instaló en Capital Federal para trabajar en la revista Primera Plana. Luego llegaron algunas colaboraciones en Panorama, Confirmado y en los diarios El Eco de Tandil (ciudad donde pasó parte de su infancia), Noticias, El Cronista y La Opinión.

En 1973 llegó su primer libro, la novela titulada “Triste, solitario y final”, que fue traducida a doce idiomas. Tres años más tarde, el golpe de estado lo obligó a exiliarse en Europa donde vivió en Bélgica y París hasta que pudo regresar a nuestro país en 1984. Pero antes de exiliarse, en 1974, escribió “No habrá más penas ni olvido”, que sería su segunda novela y una sátira original y tragicómica de lo que era el peronismo de la época.

“Escribí no habrá más penas ni olvido en el 74. Y la escribí acá, aunque muchos creen que fue durante el exilio. Incluso hubo alguien que llegó a hacer un análisis de cómo se veían desde Europa los problemas argentinos… en fin. La escribí en un departamento en la calle Salguero. Era un momento difícil de mi vida porque en esos meses mi viejo se estaba muriendo. Yo estaba sensibilizado por lo que ocurría en el país. Era un gran disparate que nos desbordaba en todos los aspectos. De pronto vuelve Perón y los peronistas viejos pasan a no ser peronistas por razones políticas. Todo esto, que tiene explicaciones políticas, a mí me parecía poéticamente siniestro. Y me pareció un material interesante para trabajar al reducirlo en un pequeño pueblito como Colonia Vela”[2]

Sus textos producidos durante la última dictadura militar en Argentina (“No habrá más penas ni olvidos” y “Cuarteles de invierno”, escrita en 1980 desde el exilio y que fuera reconocida como la mejor novela extranjera en Italia) son considerados como crónicas de un país devastado.

Con el retorno de la democracia se radicó nuevamente en Buenos Aires y escribe, en 1986, “A sus Plantas Rendido un León”, donde reconstruye el conflicto bélico entre Argentina e Inglaterra durante la guerra de Malvinas pero trasladando la situación a un remoto país de África, dónde el cónsul argentino lleva adelante una revolución contra el país imperialista en el continente “negro”.

En 1987, junto a Jorge Lanata y Horacio Verbitsky, fundó Página/12, un diario que revolucionó el periodismo gráfico (y en buena medida al periodismo político y al periodismo en general) y en el que, mediante el uso de la ironía y el rigor de la investigación periodística, denunciaban los hechos de corrupción e irregularidades del menemismo y la persistencia de las injusticias heredadas de la última dictadura, además de promover la cultura argentina ofreciendo libros de distintos escritores de nuestro país todas las semanas. Es en Página donde Soriano se dedicó a escribir las contratapas hasta 1997.

En 1988 vuelve a realizar una recopilación de su trabajo, en esta ocasión fueron artículos que escribió durante los cuatro años anteriores para la prensa europea, más algunos publicados en nuestro país desde su regreso del exilio. Esta obra se tituló “Rebeldes, soñadores y fugitivos”.

“El Negro de París”, fue su primer libro infantil. Sus protagonistas son un gato parisino y un niño argentino exiliado con sus padres en la capital del país galo. La historia representa por momentos lo que él vivió cuando tuvo que irse del país acosado por las fuerzas militares en 1976. Su cuarta novela fue “Una sombra ya pronto serás”, escrita en 1990, cuando la Argentina comenzaba la década neoliberal. Allí  despliega una crítica feroz a los ajustes menemistas y a la ingenuidad de los argentinos que, según Soriano, sufren todos los gobiernos después de creer en todas sus promesas.

En 1992 escribe “El ojo de la patria”, en la cual un agente secreto argentino tiene que encargarse de repatriar el cuerpo de un prócer de la independencia.

En 1993 llega “Cuentos de los años felices”. Otra recopilación, esta vez de textos escritos en las contratapas de Página 12 y algunos recuerdos de su infancia que fueron analizados de manera particular por el escritor.

Fue en 1995 cuando publicó su última novela, “La hora sin sombra”, título que pidió “prestado” de un fragmento del cuento de Jorge Luis Borges “La escritura del dios”. Considerado por la crítica especializada como una de sus mejores publicaciones, cuenta la historia de un periodista que recibe un comunicado del hospital donde estaba internado su padre, quien padece un cáncer terminal. En el mismo, le hace saber que se había escapado con “ropas de rockero”. Aunque una ficción al fin, resulta notorio como Soriano hace referencia a la vida de sus padres.

“Piratas, fantasmas y dinosaurios” (1996) fue su último libro de recopilaciones y es un repaso por todas sus publicaciones en Página 12, donde hacía 9 años que se encargaba de hacer las contratapas y algunos artículos especiales. Fue su última publicación en vida, ya que en enero de 1997 un cáncer de pulmón hizo que Soriano se interne en la Clínica Suizo Argentina, donde finalmente moriría.

En 1998 apareció “Fútbol. Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos”. Se trata de una obra póstuma en la cual se recopilaron los relatos que Soriano publicaba en Página 12 bajo el pseudónimo con el que se tituló el libro.

Osvaldo Soriano fue el escritor argentino más leído en el mundo, vendiendo a lo largo de su carrera más de un millón de ejemplares. Por otro lado, “Triste, solitario y final”, “No habrá más penas ni olvido”, “Cuarteles de invierno” y “A sus plantas rendido un león”, fueron publicadas en veinte países y traducidas a 15 idiomas. Dos de ellas, “No habrá más penas ni olvido” y “Cuarteles de Invierno”, junto con “Una sombra ya pronto serás” fueron llevadas al cine.

Por su estilo antiacadémico, como también por su rol intelectual, como por su compromiso para con la sociedad, Soriano es considerado como parte de la mejor tradición de los autores latinoamericanos, según Italo Calvino. Autor que también comparo la trayectoria de Soriano con la de Hemingway, el novelista y periodista estadounidense, que abandonara la escuela para empezar a trabajar de periodista, cazador y pescador, y se convirtiera en uno de los primeros escritores que aunó el lenguaje periodístico con el literario.

Hemingway, Chandler, Matheson, Quiroga, Arlt, y  Cortázar fueron algunas de las influencias de Soriano.

Claudio Díaz, en sus “Breves reflexiones sobre literatura y política” argumenta: “La  mejor  literatura nos obliga a la “reflexión crítica” y en este sentido nos devuelve al lugar del “ciudadano” que la metafísica del mercado nos ha escamoteado… Una lectura política  debe buscar en las tramas del discurso literario todo aquello que permita ver las contradicciones y desgarramientos de nuestra sociedad. Leer políticamente, es establecer una línea de resistencia a la omnipresencia  metafísica del mercado, a la naturalización de la exclusión, a la resignación y al olvido”[3].

Soriano también se asemejó a Roberto Arlt y Horacio Quiroga, en cuanto a su pertenencia a un “Nuevo periodismo” y a la posibilidad de crear los acontecimientos, trascender el realismo, universalizar el dialecto bastardo e integrar temáticas marginales. Al igual que Arlt, Soriano escribía “con la fuerza de un cross a la mandíbula”[4].

 

 

UN DÍA Y UNA TARDE PERONISTAS

 

“Quiero intentar un modesto fresco de este clima atroz que negamos cada día…”[5]

Osvaldo Soriano

 

Julio Cortázar, reconocido escritor argentino y amigo personal de Soriano, en la carta que le enviara en Agosto de 1976, desde Saignon (Francia) al autor de “No habrá más penas ni olvidos”, en pocas palabras describe el particular atractivo de ésta novela. “Leí de un tirón tu novela y eso en mi es siempre un primer balance favorable; sigo creyendo que un libro que agarra da ya la prueba de su calidad” (…) “… en pocas páginas has resumido el drama de éstos años, y los has hecho a tu manera, con esa rapidez que nunca es ligereza sino eliminación de lugares comunes y acotaciones innecesarias”.

La novela, en efecto, se puede leer en una tarde. Y es precisamente sobre ésta característica que se han edificado las principales críticas a la obra. Se dijo, sin ir más lejos, que la novela no era tal cosa, sino apenas un mero guión de cine. Sirve la oportunidad para mencionar que la película basada en ésta historia que se filmaría unos años más tarde, le hace poca justicia al relato original.

José Pablo Feinmann, en el prólogo a la edición 2012 de la novela, lo grafica de ésta manera: “Lo primero que noqueaba… era la asimetría entre la dimensión de la tragedia narrada y el minimalismo de los recursos narrativos. Empezar así, con un diálogo, abriendo el guión y largando esa frase (“Tenés infiltrados”) era una bofetada a la literatura universal… Soriano venía a contar una historia, y la historia era tan gigantesca que toda opulencia del lenguaje habría de dañarla, desmerecerla”.

La economía expresiva es fundente en el lenguaje de Soriano. Y quizás ese fue su mayor logro. Con su economía del lenguaje, sus frases cortas y sus historias escénicas en buena medida contribuyo a que la historia del país resultara accesible, “entendible” para el pueblo argentino o para el público extranjero. Como expresa Feinmann en el mismo prólogo: “¿Cómo narrar lo excesivo? ¿Cómo narrar una guerra en la que todos se matan y mueren invocando a un Ausente (que ocupa el lugar de Dios)?… (…) “Una de las modalidades de ser argentino es tener que explicar interminablemente qué es el peronismo… Ser peronista es ser tanto que es ser todo. Al ser todo, ser peronista es ser nada”. La respuesta simple a las preguntas del prologuista, luego de una tarde atrapado en el relato de “No habrá…”, es categórica, tal vez, pero sumamente justa con el autor: como lo hizo Soriano.

En ésta etapa de Soriano, la literatura se transforma en una realidad dolorosa, una indagación sobre el devenir convulsionado del país en las últimas décadas.

El lenguaje utilizado, tan criticado por sus detractores, es una de las características singulares de éste autor. En la historia da voz, valga la redundancia, al lenguaje hablado, a las particularidades del propio pensamiento y las formas de expresión cotidianas de los argentinos. Usa el lenguaje diario, coloquial, el de boca en boca que se gasta y se reinventa con el uso y los abusos que hacemos de la lengua. Los personajes “hablan como en la vida misma”.

En cuanto a los personajes de la novela podemos adscribir a lo que él mismo autor señalaba de ellos; son prototípicos, muy parecidos a los mortales.

Ignacio Fuentes, a priori el héroe de la historia (aunque, como le señala Cortázar en la carta que mencionamos más arriba, “tan presente al principio, desaparece – horriblemente – en forma acaso demasiado rápida; creo que merecía alguna etapa intermedia antes del final) es en teoría el hombre político más importante del pueblo y se maneja en bicicleta. Un pasaje de la historia lo pinta de cuerpo entero (“El calor era insoportable. Ignacio camino hacia la esquina. A los 51 años había perdido demasiado pelo como para andar sin gorra bajo el sol. Sintió transpiración en el cuello; la camisa se le pegaba en las axilas y bajo la correa de la escopeta -¨¡Ignacio!¨- el grito lo detuvo. Se dio vuelta y vio a su mujer que corría hacia él. Llevaba un cinturón con cartuchos.  -¨Te los olvidaste¨. La miro con una leve sonrisa -¨ ¿No me trajiste la gorra?¨”).-

Mateo es un empleado municipal de carrera y su principal asesor en cuestiones administrativas. Es al primero que tachan de “comunista” y le piden a Don Ignacio que lo entregue y lo eche de la delegación municipal. El delegado hará gala de auténtica “lealtad peronista” y denegará la perspicaz solicitud de los conspiradores. La siguiente escena describe la idiosincrasia ideológica del primer acusado de “rojo”: “Entraron a la municipalidad. Ignacio cerró la puerta de acceso. En la oficina Mateo estaba solo, encorvado en una silla. Su cara se había vuelto pálida. Al ver al delegado se puso bruscamente de pie -¨¡Don Ignacio! ¡Nos quieren echar, don Ignacio!¨ -¨Toma la escopeta. Vamos a resistir¨ -¨¿Qué pasa, don Ignacio?¨ -¨Dicen que somos bolches¨ -¨¿Bolches? ¿Cómo bolches? Pero si yo siempre fui peronista…, nunca me metí en política…¨”.

Suprino es el secretario general del Partido Justicialista en el pueblo y, se suponía, amigo de don Ignacio. Es el prototipo del traidor (“Suprino parecía decidido, seguro de lo que iba a hacer. El sabría entenderse con los militares, conocía a algunos de ellos. El problema sería como pasarles un paquete tan delicado… -¨No te van a creer lo de los comunistas- dijo… – ¨Ni falta hace que se los diga. Para ellos, cuando un tipo como Ignacio saca una escopeta es como si se les apareciera el diablo…”. (…) “…Suprino volvió al coche, salió a la ruta y acelero. Ahora, en la radio cantaba Rivero. El secretario del partido puso el auto a 140 kilómetros y sintió que el viento lo empujaba de costado. Estornudo. Pensó que iba a resfriarse. En el comando tendrían aspirinas…”.).-

Moyanito es el placero. El siguiente es un diálogo con don Ignacio cuando éste, reclutando voluntades a su favor, va a ascender al “milico” García a cabo y luego a sargento, y tiene para él una oferta de naturaleza parecida: (“- ¨¿Cuánto ganas, Moyanito? -¨Ochenta y tres mil, más o menos -¨Te nombro director de parques y jardines y te aumento a ciento veinte mil¨- ¨Gracias don Ignacio, no sabe la falta que me hace…¨“).-

Cerviño es fumigador y el piloto de avión del pueblo. Reproducimos una de las escenas del final, cuando es encontrado ya moribundo por Juan, a quien Ignacio saca del calabozo (donde es llevado periódicamente por “borracho”), transformándose es su principal aliado fuera de la sede municipal, junto con el ahora sargento García: (“…Intento sacarlo del avión. Cerviño se quejo y cayo de costado -¨Dejame…, los hicimos mierda… ¿Estás ahí, Juan?¨ -¨Si, hermano, si¨ -¨Decile a don Ignacio que me jugué por el…, que soy peronista y…que no les afloje…cuando el general lo sepa va a estar orgulloso…¨”).

El propio Juan terminará con múltiples heridas y contusiones. Ninguna producida en combate con el enemigo sino en el trayecto a socorrer al delegado municipal, bajo una intensa lluvia y, otra vez, montado en una bicicleta poco confiable, en una secuencia en la que se golpeara contra todo lo que encuentre en el camino.

 

***

Eje 1

No hay dudas de que Osvaldo Soriano puede ser considerado “maestro” en el arte de lo nombrado  como el “Nuevo Periodismo”. En toda su obra, incluyendo la presente, y sin importar que se trate de un reportaje, una crónica, una editorial en contratapa a modo de aguafuertes, un cuento o una novela, el autor de “No habrá…” es un auténtico renovador de las formas de narración. Ya hemos hecho mención más arriba de su economía en el lenguaje, sin que ello quite belleza a sus relatos, sino más bien todo lo contrario.

Hemos señalado también su utilización del lenguaje corriente en los personajes de sus historias, llegando a lograr diálogos conmovedores y de gran realismo. También es para destacar su predilección por los grandes temas de los argentinos: la política, la historia, el futbol… Su búsqueda artística resulta inextricable de ciertas voluntades populares por asumir la historia argentina y, a partir de ello, encarar la emancipación del país de sus cadenas coloniales.

Aunque prototípicos, la construcción de sus personajes resulta una composición, una encarnación, hasta un “compilado” de muchos aspectos de las formas de ser de los argentinos y argentinas. Soriano narra con el rigor de un periodista con basta experiencia como para lograr enmarcar momentos fundamentales de la historia argentina reciente dentro de las formas posibles de una novela, y de una novela, además, con estilo y retórica propios. Ha sido testigo y protagonista de los hechos que inspiran sus escritos.

Antes hemos establecido una “familiaridad” con otros autores latinoamericanos y en particular con Roberto Arlt, quien escribe “Los 7 locos” en 1928 y logra publicar el libro en 1929. En él está impregnado el espíritu de la época y relata las formas de generar el escenario necesario para justificar un golpe de estado. Hecho que sucederá un año más tarde, en 1930, cuando es derrocado Hipólito Yrigoyen. El artista, cuando se compromete con la realidad en la que se halla inserto, quiera o no, se convierte en “portal” de su tiempo: al leerlo es como si entrelíneas, implícitamente, se pudieran leer todas las historias que lo atravesaron hasta el alumbramiento de la obra en cuestión.

Tal es así que no son pocas las voces que sostienen que, probablemente, Osvaldo Soriano haya tenido bien presentes dos hechos históricos de suma relevancia a la hora de escribir “No habrá…”: nos referimos a la destitución del propio Juan Domingo Perón en 1955 y al el golpe de Estado en Chile en 1973, cuando es derrocado y asesinado el presidente Salvador Allende, quien prefiriera la muerte antes que rendirse a manos de los traidores. En la misma época en que es ambientado el libro, Perón destituía, mediante un jefe de policía, al gobernador cordobés Obregón Cano, hombre considerado peronista de toda la vida, una referencia de la resistencia y el retorno de perón al país  en la provincia mediterránea y actor político de gran ascendencia sobre la juventud peronista de ese entonces. Es reemplazado por un miembro de la burocracia justicialista, referenciada en los sectores de derecha y de prácticas “oscuras”, incluso criminales.

 

EJE2

En “El Periodismo Vuelve A Contar Historias”, Tomás Eloy Martínez sostiene que el público “… ya no compra diarios para informarse. Los compra para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el revés y el derecho de la realidad…”. (…) “…el lector ya conoce la información, tiene una manera personal de ver el mundo, una opinión sobre lo que pasa” y lo que un buen redactor debe buscar en sus narraciones es que el lector identifique los destinos ajenos con el suyo propio. Soriano, narrando una historia atravesada por “la cuestión del peronismo”, algo sobre lo que todos los argentinos, peronistas o no, tenemos siquiera referencias vagos o profundas, pero de lo que nadie permanece demasiado tiempo ajeno, logra involucrar al lector en una problemática que siempre repercute en el colectivo. Como señala Eloy Martínez: “…Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres”.

En una entrevista que en 1995 le realizara para Luis Bruschtein para Página/12, Soriano dirá: “Una persona se puede sentir como la mierda en cualquier país, pero el dinamarqués va y se suicida; en cambio aquí la soledad nos acompaña desde el nacimiento, junto con la idea de que hay pocas maneras de incidir en el curso de nuestras vidas, porque estamos más expuestos a las vicisitudes del país que a las propias. Un argentino, en lugar de suicidarse, deambula. O se mete en problemas”.

No resulta un ejercicio demasiado complejo el verse reflejado en todos o algunos de los pasajes, imágenes o diálogos de la historia narrada. La racionalidad desde la que operan las personas comunes, sus diálogos, sus reacciones espontáneas, así como las “mañas” de la politiquería de la rosca, son postales de belleza sin tiempo que pintan, definitivamente, ese “fresco” de una historia de la que aún nos cuesta hacernos cargo, sin prejuicios y sin falsas antinomias, como sociedad.

Dice Martínez: “No todos los redactores saben narrar y, lo que es más importante todavía, no todas las noticias se prestan a ser narradas. Pero antes de rechazar el desafío, un periodista verdadero debe preguntarse si se puede hacer y, luego, si conviene o no hacerlo”. En una entrevista realizada por Miguel Russo para La Maga, en Agosto de 1994, Soriano cuenta que Eduardo Galeano le dijo: “Hermanito, toma los originales. ¿Ves ese cesto de papeles? Tiralos ahí. Que no se sepa que escribiste eso”. Era un tiempo donde la mirada y las presiones políticas pesaban mucho (la banda argentina de rock progresivo Serú Giran, algunos años después, lo metaforizaría así: “Y es que aquí… sabes, el trabalenguas, traba lenguas… el asesino, te asesina…”). Ningún editor en el país quería saber nada con enojar a López Rega (“El brujo”; sindicado en más de una oportunidad como un “infiltrado” – otra vez el término con el que abre la novela – de la CIA en el círculo íntimo del viejo general; todopoderoso ministro del interior y brazo ejecutor de la orden de crear las temibles Triple A). Y una vez exiliado en Bruselas, su amigo Cortázar, en la misma carta que mencionáramos más arriba, relata otro de los inconvenientes para que la obra viera la luz: “… a ningún editor francés le va a gustar, o va a asimilarlo equivocadamente en una novela dura y de acción, cuando es mucho más que eso”.

Es aquí donde la cuestión de la ética aparece. Incluso hablamos, más allá de una improbable “ética universal” acerca de lo que está bien o está mal, de una ética adscripta a una práctica. En el presente caso, de la ética de un periodista y de un “Bardo” (un contador de historias) que conoce detalles de la realidad que el común de los ciudadanos no. La alegoría de la caverna de Platón tiene muchas interpretaciones posibles, pero el factor ético es innegable a la hora de explicar por qué el esclavo que logra romper sus cadenas y ver la luz del día, en lugar de asegurar su propia huída, vuelva a la caverna para tratara de anoticiar a los demás sobre la realidad que hasta ahora les había sido negada. Dice Martínez: “… Según esa ética, el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez”.

 

EJE 3:

“Si las ficciones verdaderas reflejan una conciencia plena de la época de producción es porque su origen deriva de hechos que definen esa época. Un determinado episodio de la realidad suscita en el narrador un inmediato interés, acaso no por el episodio en sí mismo, sino por toda la red de significaciones que desata”, sostiene Tomás Eloy Martínez en “Ficciones verdaderas”.

Dice también: “Todo acto de narración es, como se sabe, un modo de leer la realidad de otro modo, un intento de imponer a lo real la coherencia que no existe en la vida. Y todo narrador, a la vez, es una esponja que absorbe lo que ve y lo que lee para devolverlo transfigurado”. Más arriba, en la comparación con la novela de Arlt “Los siete locos”, hemos establecido la capacidad de “médium” del artista comprometido con su tiempo entre el público y aspectos fundamentales de una realidad y una historia en las que todos, conscientes o inconscientes de ello, nos hallamos inmersos.

Bien dice Martínez que “No habrá más penas ni olvido” es otra forma de leer la realidad del país. Es un texto coherente en relación a las estructuras de una novela, pero, como sabemos, su relato es ficticio, son hechos que puntualmente no han acontecido. Sin embargo, guardan estrecha familiaridad con otros sucesos acontecidos realmente en el mismo tiempo.

Soriano, deliberadamente, reelabora hechos reales al servicio de una ficción literaria. Sin embargo, el lector puede reconocer el desplazamiento de la realidad hacia el territorio de lo ficticio, sin que el relato pierda verosimilitud ya que, tratándose de una historia común a todos los miembros de una  sociedad, existe “una mutua complicidad entre el autor y el lector, un diálogo de iguales, en el que aquél expone todos los sentimientos, modos de ser, rumores y culturas que ha recogido de su comunidad como un espejo con el cual el lector acabará identificándose porque las experiencias a las que alude el texto literario son reconocidas por el lector como propias o como el eco de algo propio”[6]. Y en la andadura de éste gran escritor argentino, además, forma y contenido conviven sin sobresaltos.

 

Eje 4

Si bien se trata de una ficción y los sucesos relatados aluden metafóricamente a hechos verdaderamente acontecidos en la historia del país, éstos son clave en la vida de los argentinos y argentinas y, por tanto, dignos por sí mismos de mención. Ya hemos mencionado antes la trascendencia aún hoy de aquellos hechos de violencia en Argentina.

El autor describe genialmente escena por escena, pero esto es en sí solo un recurso literario, ya que en realidad Soriano está haciendo “su” interpretación y, a la vez, un juicio del orden moral sobre aquellos tiempos.

Cualquier conducta inesperada o en principio ilógica, adquiere absoluta coherencia una vez adentrados en el relato, que perturba, atrapa y genera tensión desde el primer momento. Las formas en que Soriano anuda, siguiendo el razonamiento de Ochs, “escenas, agentes, instrumentos, actos, propósitos” en un esquema coherente que gira alrededor de un suceso excepcional y perturbador se convierten, entrelíneas, en “una teoría de sucesos, en el sentido en que suministra una explicación de hechos desde un punto de vista particular”. Y aunque su relato tenga un principio, un medio y un final, la progresión del mismo no resulta tan evidente; sin ir más lejos y como le señalara Cortázar, el personaje de Ignacio, a primera vista el personaje principal, va perdiendo presencia a lo largo del entramado para dar lugar a una historial coral, que finaliza mucho después de su desaparición de la escena.

Nuestro autor, claramente, utiliza en éste trabajo pero también en toda su carrera, a la actividad narrativa como “un medio discursivo para la exploración y resolución colectiva de problemas”… (…). “…un instrumento para instanciar identidades sociales y personales”.

 

Eje 5

Nuestro autor ha sometido la historia documental de la primera parte de la década del 70´a “un tratamiento que se podría definir como fabulador”, en palabras de Chillón. “Se eliminan los contornos precisos de hechos y situaciones auténticas para conferirles una suerte de condición legendaria que los extirpa en parte del discurso histórico y los traslada a una especie de mundo mítico, casi utópico y ucrónico”. (Reconstrucción lógica aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos pero que podrían haber sucedido)”.

La literatura de Soriano encaja en la descripción de Chillón, como “modo de conocimiento de naturaleza estética que busca aprehender y expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia”. El autor de “No habrá…” vivió, antes de su exilio, un contexto de violencias políticas como las que describe en la historia; se basa en tiempos verídicos y verificables, más allá de que pase a los mismos por el cristal de los recursos literarios. Asimismo, Chillón afirma sobre los textos fácticos que éstos tiene la posibilidad de “prescindir las formas expresivas del periodismo convencional: no es necesario proporcionar al lector identificaciones ni atribuciones completas, ni fecha del tiempo con exactitud”.

El lenguaje utilizado por Soriano permite una rápida apropiación del texto que, con unos pocos datos de la historia argentina alcanza para comprenderlo por completo.

Nombrar a Perón, en un momento hacer mención a López Rega como el asesor de Juan Domingo, la subversión, lo que significaba relacionarse con el comunismo en esa época denota una responsabilidad del autor por querer mostrar la historia desde aquellos albores ideológico de los tiempos relatados.  Es en este punto, donde  Chillón aclara que “debemos distinguir los grados y maneras en que la ficción empapa nuestros actos de habla”, es el momento donde vamos reconociendo aquellas estructuras dialécticas que propone Soriano para que el lector pueda registrar vocabulario y lenguaje de esa época.

Argumentalmente, el personaje principal de la novela es la causa de la lucha: Perón, el líder ausente, por el que todos juran y perjuran. Y es en Perón, a partir de quien se simplifican los motivos de la pelea, en la que cada uno busca su reconocimiento. El texto usa de “múltiples voces, las voces de diferentes testimonios y, al mismo tiempo, todos juntos, conforman un coro multitudinario y anónimo: son entes sin biografía ni personalidad definidas, simples voces desprovistas de corporeidad”.

Para finalizar, es preciso registrar a la última frase de la novela. “Un día peronista” en la cual pueden condensarse todos o casi todos los momentos del libro. Por otro lado, el título es una evocación que añora y está llena de esperanzas, y envuelve todo con aire nacional. A partir de la canción de Carlos Gardel, “No habrá más penas ni olvido” es un canto crítico y agnóstico que, no obstante éstas condiciones, genera una esperanza en las posibilidades (siempre futuras, siempre por llegar) de los habitantes indescriptibles de éste lado del mundo.