MISTERIOS DE LA PIRAMIDE Y TUTANKAMON :

 

* LA PIRÁMIDE EXTRAÑA :

LOS jeroglíficos egipcios han hablado desde hace largo tiempo; pero en la vieja tierra de los faraones hay muchos monumentos que guardan aún sus secretos.

Entre ellos, las famosas pirámides de Gizeh siguen intrigando a los . Para situarlas en el tiempo, recordemos que fueron construidas hace mas de cinco mil años por los reyes constructores de la cuarta dinastía que reinó en el antiguo imperio de 2895 a 2360.

Esos reyes se llamaban Snefru, Cheops, Quefrén y Micerino. Las pirámides de Gizeh son las tumbas de los tres últimos reyes citados. Pero como ninguna inscripción de esos faraones se ha encontrado, los acontecimientos de sus reinados son casi del desconocidos.. Unicamente las pi-rámides, como asimismo sus estatuas, dan testimonio de su poderío.

La más grande pirámide construida hacia 2620 a. C. es la del rey Cheops. Echada a sus , la enigmática Esfin-ge sonríe extrañamente como si fuese la única conocedora del secreto de ese geométrico monumento de piedra cuyo peso supera ‘largamente los seis mil millones y medio de kilos. Intacto, el monumento tendría ciento cuarenta y siete metros ochenta centímetros de alto. Hoy tiene ciento treinta y siete, pues la punta ha sido mellada por los siglos.

Cuando Napoleón -que también se decía grande llegó ante el monumento, no pronunció la famosa frase histórica que le atribuyen; dijo simplemente:

-Lindo . ¿Cómo pudo hacerlo esa gente?

Hoy nos hacemos la misma pregunta. El primer misterio de la pirámide es el de su construcción.

Se calcula generalmente el número de bloques que constituyen la gran pirámide en 2.300.000, lo que represen-a más de 2.800.000 metros cúbicos de piedra.

¿De dónde venían los materiales? La piedra blanca calcárea fue tomada de las canteras de Tura, frente a Gizeh, al otro lado del Nilo. En cuanto al granito, proviene de las canteras lejanísimas situadas al sur del país, especialmente en Asuán, que está a ochocientos kilómetros. Los enormes bloques, que pesaban hasta quinientas toneladas, eran trabajados primero a cincel, luego aislados de su lecho, tal vez por cuñas húmedas.

Los bloques eran amarrados en barcos de fondo plano, y en el , en el momento de la crecida del Nilo -es decir, de julio a septiembre-, llegaban a Gizeh.

¿Pero cómo se ensamblaron esos bloques inmensos? ¿Cómo se levantaron sobre las pirámides en construcción?

La pirámide no tiene fundamentos. En su , cada lado tiene doscientos veintisiete metros de largo y el primer cimiento de bloque está colocado simplemente en el suelo apisonado. Este cimiento soporta doscientos veinte bloques, de altura decreciente hasta cincuenta y cinco centímetros en la cima. Allí, en el cuadrado forjado, se posó el último bloque en forma de pirámide. Este bloque último, llamado “piramidión”, ha desaparecido hace mucho tiempo.

Herodoto nos da indicaciones sobre la construcción de la obra:

“La pirámide fue construida en forma de peldaños.

Cuando se comenzó a construir de. esta manera, se alzaban las demás piedras con ayuda de máquinas hechas de cortas piezas de madera y se las subía sobre la primera fila de los fundamentos. Cuando se lograba esto con una piedra, se la ponía en otra máquina que se hallaba en el peldaño anterior; de ahí se la subía por medio de otra máquina, pues había tantas como peldaños. Tal vez los obreros no tuvieran, sin embargo, sino una sola máquina, fácil de transportar de escalón en escalón cada vez que se movía la piedra. Cuento la cosa de las dos maneras en que la he oído contar. Se comenzaba en seguida a revestir y perfeccionar lo alto de la pirámide; luego bajaban a las partes vecinas y después a las inferiores y a las que tocaban la tierra…”

Herodoto, que vivió en el siglo V a. C., se hallaba obligado, como vemos, a conjeturar simplemente.

Es verosímil que se emplearan rampas. Consolidadas por vigas y ladrillos, eran alzadas a medida que progresaban los trabajos, permitiendo así levantar los bloques hasta la altura deseada. El arqueólogo Holscher ha encontrado algunos vestigios en la fachada sur de Quefrén, demostrando que la rampa era perpendicular a la de la pirámide. El problema parece, pues, resuelto; pero con tales aparatos de alzamiento sería falsa la hipótesis de Herodoto. Acaso los dos procedimientos se utilizaran a la vez…

El de la pirámide está formado de cubos calcáreos amarillos de Gizeh. Están amontonados los unos so-bre los otros sin mezcla alguna.

Se ha dicho erradamente que no había un gramo de mortero en toda la pirámide.

La inmensa escalera de piedra fue en seguida “vestida” por bloques de revestimiento de piedra calcárea blanca en número de ciento quince mil y de altura variable según los espacios ocupados. Estos bloques perfectamente lisos eran levantados con el mayor , mientras los bloques interiores sólo eran escuadrados. La faz visible era tallada ahí mismo, haciendo un ángti lo de cincuenta y dos grados. Un mortero extremadamente líquido los ligaba con asombrosa precisión que alcanzaba al cuarto de milímetro. Así revestida, la pirámide parecía perfectamente lisa.

Tras el problema de las piedras, el de los hombres. Herodoto nos dice que se emplearon cien mil hombres durante tres meses. Se ha interpretado mal su frase y a menudo se escribe que un, ejército de, cien mil hombres, renovado cada tres meses, trabajó en esa obra titánica. No. Cien mil hombres trabajaban sólo tres meses en el año, en la época de la crecida del Nilo, que permitía disponer de mano de obra. Eso duró treinta años.

Cheops, también llamado Kufu, pasa por haber sido un tirano que despobló las provincias, reclutando hasta viejos y niños. ¡Nuevo debate! ¿Habrá de creérsele a Weigall que asegura que los egipcios cumplieron su obra con buena voluntad, orgullosos de trabajar en la edificación del templo destinado a su rey-dios?

¿Fecha de la construcción? Muy imprecisa. Sólo se la puede situar entre 3100 y 2700 a. C.

Cuando terminó la gigantesca faena, los artesanos se retiraron por un pozo secreto y tapiaron la entrada con el mayor cuidado.

En el año 820 d. C., o sea unos 2.000 áños después, el califa Al Mamun, movido por la curiosidad, quiso visitar el interior del enorme monumento. En verdad, pretendía encontrar algún tesoro. Sus hombres empezaron a cavar inmediatamente en la piedra un túnel en dirección al sur. Al cabo de varias semanas de trabajo habían avanzado unos treinta metros. Entonces oyeron la caída de un bloque del lado del este. Trabajaron en esa dirección y terminaron por llegar, al pasillo descendente que conduce a la cámara subte-rránea, situada bajo el nivel del suelo.

En este pasillo descendente parte el corredor ascendente que lleva a la cámara del rey y fue la losa que ocultaba la abertura de ese corredor la que, al caer, llamó la atención de los trabajadores.

Estos no se dedicaron a trabajár en los bloques de granito que obstruían el corredor ascendente. Prefirieron con-tornearlo cavando en las piedras calcáreas. Y de este modo llegaron al corredor ascendente y a la cámara del rey.

¿Qué encontraron? Se adivina. ¿Y el tesoro? Nada se sabe, salvo el que la operación debió costarle una buena fortuna al califa Al Mamun. Nadie puede decir si ésta fue rentable. Los arqueólogos que vinieron mucho más tarde a la cámara del rey no encontraron sino un sarcófago de granito rosa.

El segundo enigma de las pirámides, después del de la construcción, es el de la iluminación. En techo alguno, en ningún muro se ha encontrado la menor huella negra de humo, que revele el paso de una antorcha o de una lámpara de aceite; tampoco se ha hallado esto en ninguna tumba. Entonces, ¿cómo se alumbraban los hombres que pe-netraban en los monumentos funerarios, los artistas que los decoraban?

Acerca del misterio de la manera de alumbrarse se han emitido las ideas más peregrinas: cuerpos hoy desaparecidos y que tenían la propiedad de brillar en la obscuridad, un juego de espejos capaz de traer la luz solar hasta el corazón del monumento, una especie de electricidad natural domi-nada por los sacerdotes… Confesemos que no sabemos nada.

Tampoco sabemos si las pirámides fueron erguidas por los reyes de la cuarta dinastía para dejarnos un mensaje…colocado antes de la construcción de los pasillos? Esto nos parece imposible.

¿Y para qué sirve esa cámara subterránea situada bajo el nivel del suelo de en torno, al extremo del corredor des. cendente?

Confesemos que los arquitectos de la cuarta dinastía nos plantean, a cuarenta y siete siglos de distancia, muchos problemas.

¿Conocían ya el número pi (3,1416), sólo descubierto cuatro mil años después? Ese número, como se sabe, indica la relación entre el círculo y su diámetro.

¿O es que somos demasiado imaginativos?

Las unidades empleadas por los constructores egipcios eran el “codo sagrado” que valía 0,635ó m. y el “pulgar piramidal” de 0,0094 m. El abate Moreaux calculó que mul-tiplicando el pulgar piramidal por cien mil millones se obtiene la extensión del recorrido de la Tierra sobre su órbita en veinticuatro horas, o sea, novecientos cuarenta mil mi-llones de kilómetros. Y el codo sagrado representa la diez millonésima parte del radio polar terrestre.

¿Son realmente las pirámides un libro de aritmética?

Ya hemos visto que tienen vínculos evidentes con la astronomía. Pero no convendría llevar mucho más allá las cosas. Coincidencias extrañas, seguramente, pero simples coincidencias…

Ni eso siquiera. Las longitudes medidas hoy -no hay que olvidarlo- no son las longitudes iniciales, pues la gran pirámide perdió su revestimiento. ¿Cuál era su exacto espesor? Se ignora. ¿Por qué todos esos cálculos, entonces, si un centímetro de más o de menos basta para invalidarlos?

Admiremos a los egipcios y la perfección de su obra y pensemos tan sólo que no tenían otro fin que el de conservar sus cuerpos durante milenios, después de la muerte, para”que el “alma” eterna pueda encontrarlos en cualquier momento y en buen estado.

* UN HONGO DESTRUYE UNA MALDICION :

Aprovechemos nuestra estada en Egipto para dar una vuelta por el famoso Valle de los Reyes, donde, en 1922, se encontró la tumba de.Tutankamón, el yerno de Amenofis

IV, que fue el último representante de la decimoctava dinastía, hacia 1350 a. C.

Desde hacía más de treinta años se hablaba de la maledición de los sacerdotes de Amón. El suegro de Tutankamón no se interesaba por los asuntos públicos. Prefirió convertirse en el propagandista de una religión nueva que substituía el culto de Atón a la divinidad tebana Amón, figurada ya con cabeza de carnero, ya con rostro humano que poseía cuernos de carnero.

Ante el influjo creciente del clero de Amón, Ameno-fis IV fundó El-Amarna y entronizó como dios imperial el disco solar Atón.

Preteridos los sacerdotes de Amón, juraron, parece, vengarse y, en efecto, bajo el reinado de Amenof is IV se preparó la ruina del imperio egipcio. Pero los sortilegios de los sacerdotes no se detuvieron allí. La maldición debía burlarse de los siglos y cuando. un cálido día de 1922 el “fellah” que alquilara sus servicios a Lord Carnavon percibió el sello de Tutankamón en la puerta de granito que trataba de abrir a golpes de pico, comenzó a temblar, dejó su instrumento y subió diciendo:

-No deseo morir ahí…

En todo el Valle de los Reyes, y más allá, la tumba pa-saba por maldita. Carnavon, que terminaba las excavacio-nes, se había asegurado la ayuda del egiptólogo Howard Carter. Durante dieciséis años, ambos hombres habían cavado en vano todo el barranco y cuando ya Carnavon iba a renunciar, vino la victoria el 6 de noviembre de 1922.

Los dieciséis peldaños de la tumba llevaban a una sala que debía escombrarse. De ahí partía un corredor que llevaba a una segunda puerta de piedra con dos sellos, uno de los cuales estaba intacto. La tumba debía haber sido profa-nada por saqueadores, como tantas necrópolis egipcias; pero el sello intacto -el del “Príncipe del Oeste”, guardia de las tumbas reales- atestiguaba que nadie había puesto allí el pie desde hacía dos .milenios.

Al reconocer el sello roto de Tutankamón, el fellah dio media vuelta. Otro tomó su lugar. Impaciente, Howard Carter le ayudó y tomó un pico minero.

¡Estos fellahs son estúpidos! –.exclamó-… Le temen a un cadáver de treinta y tres siglos…

Por el orificio que se logró hacer, Carter percibió por fin las dos inmensas estatuas de madera que llevan en la frente la serpientesagrada y que custodian una tercera puerta sellada, tras la cual se encuentra la tumba del faraón, muerto a los dieciocho años.

El 17 de febrero de 1923 la puerta fue derribada en presencia de veinte personas. Alguien había leído en voz alta esta inscripción a la entrada: “La muerte rozará con sus alas a quien perturbe el sueño del faraón”.

Un sepulcro de oro ocupaba casi toda la pieza. Lord Carnavon y Howard Carter levantaron la pesada cubierta.

Apareció ante ellos un segundo cofre y cuando vieron intacto el sello no pudieron ocultar su dicha. Eso les compensaba los dieciséis años de esfuerzos. Había sido por milagro cómo Carter había encontrado las gradas de piedra de la tumba, justamente bajo la cabaña en que los fellahs amontonaban sus instrumentos.

Se dejó para más tarde la apertura del segundo cofre. Cuando salía de la sala, Lord Carnavon fue picado por una mosca en la mejilla izquierda. Esa misma noche, con fiebre, se echó a la cama. Seis semanas después moría a la edad de cincuenta y siete años repitiendo la frase leída en la última puerta.

¿Proseguía la maldición de los sacerdotes de Amón? Meses después, el hermano menor de Lord Carnavon moría también, y luego la enfermera que lo había cuidado.

La prensa de todo el mundo se preocupó del asunto. Howárd Carter, sin embargo, había seguido valientemente su tarea. Había abierto el segundo cofre y en el tercer ataúd, en que el rostro del faraón estaba modelado en oro puro, encontró el sencillo ramillete de flores silvestres que la viuda del muerto cogiera treinta y tres siglos antes en los campos de Tebas. Las flores, secas, cayeron hechas polvo en cuanto sus dedos las tocaron.

Carter abrió el segundo ataúd y retiró la momia. En la mejilla izquierda, exactamente donde Lord Carnavon había sido picado, Tutankamón tenía las huellas de una herida. ¿Acaso de eso había muerto?

Cuantos en ese instante se inclinaban. sobre la momia no pudieron impedirse el recuerdo de la maldición. Y to-dos murieron después más o menos trágicamente.

Esto comenzó -o más bien, continuó- por Richard Bethel, el secretario de Howard Carter, y luego con otros colaboradores de éste. El sabio Arthur Mace hubo de echar-se a la cama para morir, tras haber horadado el muro de la cámara mortuoria. Otro, Evelyn White, se ahorcó. Lord Westbury, que participó en las excavaciones, se acostó un día lleno de salud y no despertó más; su padre saltó desde un séptimo piso a la calle.

Archibald Douglas Reid murió súbitamente en Londres en los precisos momentos en que radiografiaba una momia.

Así perecieron veintitrés sabios. Unicamente Howard Carter, para sorpresa de todos, escapó a la maldición. Nunca había creído en ella y murió de muerte natural en

1939…

¿Qué se ha de pensar ante tal hecatombe? … ¿Coincidencia? … ¿Maldición?…. Todavía sería cosa de preguntarlo si el doctor Dean, en Rhodesia del Sur, no hubiera si

do llamado a cuidar a un geólogo que cayó gravemente enfermo tras un reconocimiento en una.caverna donde se hallaban enormes depósitos –de guano de murciélagos. ‘Pudo diagnosticar una enfermedad muy rara:, la histoplasmosis que mata lentamente.

El doctor Dean relacionó esto con el asunto, del Valle de los Reyes. En la tumba de Tutankamón no había murciélagos; pero había gérmenes de ese mal, y son sin duda

los hongos subterráneos muy numerosos los que lo transmitieron a los sabios.

¿Pero cómo escapó Carter?

-Simplemente -explicó el doctor Dean- porque también contrajo la enfermedad, pero en forma benigna. Y eso le inmunizó.

Todo el mundo no está de acuerdo. Esa herida en la mejilla derecha, idéntica en el lord y el faraón, ¿cómo explicarla?

¿No se cuenta que en 1939, para celebrar el nuevo año mahometano, la radio de El Cairo tuvo la idea de valerse de las trompetas guerreras de Tutankamón que yacían hacía diecisiete años en el museo de la capital? El vehículo que las transportaba cayó en un barranco y el chofer se mató… Poco después, el músico que, ante el micrófono, se apres taba a tocar la trompeta real, no alcanzó a lanzar una sola nota. Cayó fulminado en el preciso instante en que sus labios tocaban el instrumento.