Trabajo práctico de redacción

Diego Alonso

Luciano Pinazo

1) Laura Alcoba nació en La Plata, y vive desde los diez años en París. Se licenció en letras en l’Ecole Normale Supérieure, y es especialista en el Siglo de Oro español. La casa de los conejos, su primera novela, fue publicada originalmente en Francia por Gallimard y traducida al alemán, el inglés y el italiano. Jardín blanco es su segunda novela, y fue recibida por el elogio unánime de la crítica francesa. Actualmente trabaja en una nueva novela y ejerce la docencia en la Universidad de París y trabaja como traductora de teatro.

2) “Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos”, dice una niña de apenas siete años. Es 1975, y ella vive en La Plata con su madre, que debe evitar la calle: tiene pedido de captura y su foto aparece en los diarios. Son tiempos funestos. Hace poco se mudaron de vivienda, y para la niña será un cambio radical: descubrirá el secreto, el encierro, y luego el miedo.

En el nuevo hogar se crían y venden conejos. Esa es la fachada pública, porque en verdad es una casa clandestina de Montoneros, una de las más sensibles. Allí dentro los nervios y la ansiedad se aplacan limpiando pistolas y fusiles, acomodando granadas, o en mateadas fugaces y amenas. Los compañeros ya mueren o desaparecen en las calles, y cada semana el ambiente se degrada. La infancia de esa niña declina con el terror de los adultos, con frases cargadas de ira, de una lógica que no logra descubrir y que la apremia. Su inocencia se evapora al mismo tiempo que la Argentina se hunde en la violencia.

Con una prosa conmovedora pero jamás sentimental, Laura Alcoba escribió una novela que hilvana de manera natural el drama de un país y el abrupto despertar de una niña a un universo que apenas comprende pero que está obligada a sortear. En esa precoz pericia se juega su futuro, puesto en vilo una y otra vez por los cabos sueltos de la vida en fuga. La casa de los conejos narra de manera ejemplar y emocionante esa odisea; la de alguien que ve cómo avanza el cerco de la muerte, y un día descubrirá que esas marcas, aquellos aromas, una sonrisa, un momento de pánico, se han vuelto parte esencial de su pasado. Y también de su presente.

3) Elinor OCHS comenta en su texto “Ámbitos narrativos” que autores de las narraciones no son solamente aquellos que las presentan sino también los muchos lectores e interlocutores que influyen en la dirección de la narración, es por eso que la profundidad de la lectura que podemos hacer del texto de Alcoba- La casa de los conejos, tiene que ver con quien lee el texto, no es lo mismo que un lector que no sabe demasiando de los acontecimientos de esos años, a uno que estuvo imbricado en esa situación.

Un ejemplo puede ser el fragmento que sito a continuación: …La sensación de miedo a morir o ser descubiertos en todo momento se siente con una fuerza increíble…. Otro ejemplo clarísimo se refleja en este fragmento…  Desde que subimos al auto, no hablamos ya sino de manera entrecortada, tratando de que los estridentes bocinazos no rompan el hilo de nuestras frases. Se los escucha estallar en todas partes: a derecha, a izquierda; apenas unos metros más adelante o unos metros atrás: un petardeo que asalta por todos los flancos. Como señales podrían parecer confusas, pero es cuestión de costumbre. El que conduce siempre parece saber cuál de tantas advertencias le ha sido destinada.

Esta vez, también, mi padre tocó bocina, pero el auto que venía por la calle transversal siguió sin detenerse. El choque fue muy violento, y mi cabeza la primera en lanzarse contra el parabrisas.

Lo más importante entonces es no detenerse. La policía podría llegar para ver qué pasa. Acá se cuenta con lujo de detalle la situación en la cual estaban viviendo, mucha tensión había en el aire de los 70, y ellos en medio de la nube de terror y tratando de pasar desapercibidos para salvar sus vidas y poder seguir con sus operaciones ya sea la impresión de los diarios de evita, o las reuniones montoneras que tenían casi a diario.

OCHS destaca que Si bien en principio las narraciones pueden contar hechos perfectamente predecibles, por lo general, los relatos tienen que ver con sucesos dignos de mención. Este es el caso los 70 de argentina con la llegada de los militares al poder es algo que perturbó la mente de la escritora y plasmó en su libro un hecho particular la creación de una imprenta montonera la cual estaba camuflada por un criadero de conejos. Los miles de hechos que se suscitan y el contexto a nivel nación, con Isabel de Perón sin poder manejar la situación y creyéndose ella sola que era Evita…. Ya se sabía que Isabel Perón había perdido el control del gobierno, que los militares manejaban los hilos, que eran ellos los culpables de los asesinatos y las desapariciones. Que Isabel no era más que un fantoche ridículo.

El Brujo López Rega se había dado a la fuga ya mucho tiempo atrás. Sin su auxilio Isabel parecía más que sobrepasada. Se decía incluso que el Brujo, antes de partir, le había quitado incluso la cordura que quedaba en sus pocas neuronas. Un verdadero parásito para Isabel, sí, que si una vez había querido parecerse a Evita, había debido conformarse con ser su caricatura. Una imitadora patética y fracasada…. Ha ocurrido algo que el narrador considera sorprendente, perturbador, interesante o digno de contarse. Normalmente, los relatos tienen un objetivo que organiza la construcción de la narración misma. A menudo el objeto es la evaluación moral de un hecho acaecido, de una acción o de un estado psicológico en relación con una serie de acontecimientos.

Los relatos no son tanto descripciones de hechos como interpretaciones de sucesos acaecidos. Kenneth Burke considera que los relatos son selecciones antes que reflejos de la realidad. Erving Goffman observa:

“Un cuento o anécdota, es decir, un relato, no consiste tan sólo en informar sobre un suceso pasado. En el sentido más acabado del término, el relato es una enunciación derivada de la perspectiva personal de un participante real o potencial. Es por eso que el relato no está informado sino que está visto a partir de los ojos de la niña de siete años.

Jerome Bruner nos hace saber que al contar relatos, los narradores entretejen dos dominios de conducta, es decir, lo que Bruner llama “paisajes duales”: 1) circunstancias situacionales y acciones de los protagonistas por ejemplo hay miles de acciones la construcción de la imprenta, los viajes de la niña a visitar a su padre en la carcel, su amistad con la despampanante vecina  y 2) estados mentales de los protagonistas. Como por ejemplo…Ciertas cosas no me quedan muy claras. Cuando cebo mate en una reunión, ante César no me animo a abrir la boca, pero así, entre nosotros, sentados a la mesa, siento que puedo hacer preguntas. Es extraño, pero ya somos casi como una familia, Cacho, Diana que está cada vez más redonda, mi madre y yo….

 Otro ejemplo en el cual se ve el modo de pensar  de la niña  cuando visita a su vecina .. El tacón es bastante ancho y macizo, seguramente para hacer posible la elevación del cuerpo; cuando mi vecina toma uno de los zapatos en su mano, y yo veo, desde abajo, alzarse esa gruesa columna rosa del tacón hacia el contrafuerte que ella mantiene suspendido de un modo sublime, yo comprendo que es el apéndice natural de una verdadera princesa. Dudo de ser digna, algún día, de calzar semejante maravilla, pero me siento inmediatamente orgullosa de haber tenido el privilegio de haberlo visto de cerca…

 Para enmarcar el genero de esta obra dirá Albert Chillon en Las escrituras facticias* y su influjo en el periodismo moderno

Para empezar, en los diversos géneros literarios —novela, nouvelle, teatro, cuento, relato— que exploran lo que acaso podría suceder, y a los que con razón se denomina ficticio. Después, hay que definir la crónica del hecho por ejemplo podemos citar nuestro libro en cuestión. Es decir textos de carácter testimonial y documental —crónicas, biografías, memorias, epístolas, dietarios, cuadros de costumbres, ensayos, historias de vida— que tienen por objeto referir lo que en efecto ha sucedido.

 Tomás Eloy Martínez en el “periodismo vuelve a contar historias”  nos hace saber que no todos los redactores saben narrar y, lo que es más importante todavía, no todas las noticias se prestan a ser narradas, es por eso que Laura Alcoba pensó y plasmó su trabajo a partir de su investigación que dio frutos en su libro. Una noticia que sería tapa de los diarios en esos días de los años 70, el descubrimiento de una imprenta clandestina, en donde se publicaba “evita montonera”, escondido de la vista de todos. Un criadero de conejos, con lo cual distrajeron a las autoridades hasta que se pudo, o por lo menos hasta que el ingeniero no declare haber conocido a montoneros y luego de un análisis ubicar esta imprenta, escondite y lugar de logística de los montoneros.

Según Tomás Eloy Martínez en “Ficciones verdaderas”

En las ficciones verdaderas, hay una mutua complicidad entre el autor y el lector, un diálogo de iguales, en el que aquél expone todos los sentimientos, modos de ser, rumores y culturas que ha recogido de su comunidad como un espejo con el cual el lector acabará identificándose porque las experiencias a las que alude el texto literario son reconocidas por el lector como propias o como el eco de algo propio.  Si las ficciones verdaderas reflejan una conciencia plena de la época de producción es porque su origen deriva de hechos que definen esa época.

Esa mutua complicidad de la que habla Martínez se refiere en el caso que estamos tratando a la dictadura militar ocurrida en nuestro país va desde la presidencia desastrosa por cierto de Isabel de Perón, definida por la niña  (el personaje principal de la historia)

La lamentable actuación de Isabel acababa de concluir, al fin, en esa noche del 23 al 24 de marzo de 1976, cuando el helicóptero que debía conducirla a la Residencia Presidencial de Olivos la había depositado en cambio en la prisión: el piloto, por supuesto, era un cómplice de los golpistas. Hasta el último momento, la Presidenta había hecho el ridículo y era objeto de burlas.

—¿Viste? Era una mascarada. Por eso para ella terminó así de simple, sin que los militares tuvieran necesidad de pegar un solo tiro. Ella hacía mucho que ya no ejercía el poder.

Con esta nueva Junta, las tres armas no hacían más que tomar oficialmente las riendas. Lejos de ser una sorpresa, este golpe de Estado del 24 de marzo  implicaba, más bien, un blanqueo de la situación

—Claro que con nosotros no va a ser tan sencillo —agregó, las manos sobre el vientre—.

—Mirá. ¿Ves? —me señaló después, en las fotografías—. El más poderoso, el más peligroso, es el del medio, el de los bigotazos negros, Videla. Por supuesto los otros dos no son ningunos ángeles, tampoco.

El proyecto del “Proceso” era “poner al país de pie”. “Frente al terrible vacío de poder”, Videla, Massera y Agosti se habían sentido en “la obligación, fruto de serenas meditaciones” de “arrancar de raíz los vicios que afectan el país”. Y así lo han declarado. “Con la ayuda de Dios”, esperan llegar a la “Reconstrucción Nacional”. Y han agregado, incluso: “Esta obra será conducida con una firmeza absoluta, y con vocación de servicio”.

No se esperaba menos.

Nuestro escritor describe que Todo acto de narración es, como se sabe, un modo de leer la realidad de otro modo, un intento de imponer a lo real la coherencia que no existe en la vida. Y todo narrador, a la vez, es una esponja que absorbe lo que ve y lo que lee para devolverlo transfigurado. Esa modificación que devuelve el escritor es la que vemos a lo largo de todo el texto. Por ejemplo la discusión que se forma en torno al ingeniero y la niña:

Sin quererlo, hace caer al suelo el blazer que yo había dejado, al volver de la escuela, sobre el respaldo de la silla.

De pronto, lo veo palidecer.

—¿Qué es eso escrito ahí, adentro del saco?

Yo lo recojo. No había reparado siquiera en que hubiese algo escrito en su interior, en efecto, entre el forro y la etiqueta con el nombre de la sastrería. Yo leo la inscripción y, a mi vez, palidezco.

—Es el nombre de mi tío. Mi abuela me regaló este blazer. A mi tío le quedaba chico y…

Él empieza a gritar, absolutamente furioso.

—¡Pero puta madre, esta pendeja nos va a hacer cagar a todos! Los compañeros se juegan haciendo documentos falsos y la señorita va a la escuela con un saco en el que cualquiera puede leer escrito con marcador negro el nombre de su tío. ¡El nombre verdadero de su tío…! ¡Pero ustedes hacen cualquier cosa!

—Calmate, che —dice Diana—. La nena sabe muy bien todo lo que pasa, y presta mucha atención…

El Ingeniero, cada vez más furioso, grita escupiendo por encima de mi cabeza.

—Pero ¿qué decís? ¿Que ella sabe lo que pasa? ¿Me estás cargando vos a mí? ¡Si supiera lo que pasa, si comprendiera aunque más no fuera un poquitito de todo lo que está pasando en este país, no se hubiera mandado una cagada semejante! ¡Pero qué quilombo es éste, por Dios…! Y en todo caso, si ella es incapaz, podrían ocuparse ustedes de sus cosas…

Después, volviéndose hacia mí:

—¿Y a ver, qué hubieras dicho vos si una monja te hubiera preguntado por qué tenés escrito en tu saco un nombre que no es tu nombre? ¿Eh? ¿Qué hubieras dicho?

Yo no consigo hablar. Miro al Ingeniero, espantada. Quisiera dejar de mirarlo así, pero no consigo siquiera volver la cabeza. Estoy como clavada por sus dos ojos. Quisiera que él se calme, pero comprendo que lo que he hecho es gravísimo. Decididamente, no estoy a la altura.

—¿Qué explicación se te habría ocurrido, a ver? Dale, decí. ¿Qué les habrías dicho a las monjitas del San Cayetano?

Desde el otro lado de la habitación, Diana me mira, puedo sentirlo. Uno y otra esperan algo. Sé que es imprescindible que yo dé la única respuesta conveniente, que les demuestre que he comprendido, que en caso de tener algún problema puedo arreglarme sola. El Ingeniero ya habla a los alaridos.

—¿Qué hubieras hecho? ¡Contestá, mierda!

Existe una buena respuesta para esta pregunta, estoy convencida. Como todos los problemas, éste también tiene una solución. Pero ya no consigo siquiera pensar. Siento mi cabeza como una enorme bola vacía. Ya no sé, en verdad, más nada.

Después de un largo silencio, me escucho murmurar.

—Y… no sé… no sé… no sé nada yo…

El Ingeniero, con las manos todavía alzadas y apartadas de él, de modo de no seguir ensuciándose de aceite, da un violento puntapié a la silla, que cae y queda patas arriba. Después abre la puerta de la cocina de otro puntapié, evitando que sus huellas queden en el picaporte de la puerta.

—¡Pero paremos, carajo! ¡Ya es hora! ¡Esto es la guerra, mierda, la guerra!

Sí. Y decididamente, yo no estoy a la altura.

Esa misma noche se toma la decisión. No volveré al colegio San Cayetano.