En la ciudad, había muchos observatorios¹ astronómicos². En los observatorios, gigantescos telescopios apuntaban siempre hacia lo alto […] Otras veces, los telescopios apuntaban más allá de as estrellas, buscando quién sabe qué […]
Y no hubiera entrado el la lista de mis aventuras si no fuera porque alguien empezó a destruirlos.
Una mañana, un importante astrónomo entró en su observatorio dispuesto a empezar a trabajar y encontró que estaba hecho un desastre […] Alguien le había dado duro con un martillo a su telescopio […]
La cosa no quedó allí. Tres días después, otro observatorio fue dañado. El caso parecía totalmente inexplicable.
¿Quién podía querer destruir telescopios?  Los astrónomos de la ciudad no sabían que decir […] Pocos días después, el caso se repitió.
Un amigo mío astrónomo me pidió que averiguara quién era el que rompía los telescopios, o no iba a quedar ninguno en la ciudad. Nadie volvería a investigar las estrellas.
Le dije que sí, que me ocuparía del caso. Pero no sabía por donde empezar.
No había antecedentes así. Consulté un catálogo de Cosas Destruidas […] Entre tantas cosas que se habían destruido, nadie había atacado, hasta el momento, los observatorios.
Empecé entonces a visitar a todos los astrónomos de la ciudad. Era la ciudad con más astrónomos del mundo.
No voy a contar lo que pasó con todos. Contaré sólo mi conversación con el doctor Nictálope y con el doctor Orbe. Cuando visité a Nictálope, estaba mirando el .
_ Cada vez, hay más cosas en el espacio; pero yo soy el único que se anima a decirlo.
Le pedí que me dejara mirar por el telescopio. Ví estrellas, planetas, pedazos de noche, esas cosas.
Él volvió a sentarse frente al telescopio.
_ Ahora mismo, estoy mirando instrumentos musicales que flotan en el espacio- me dijo-, […] El lunes es el de los instrumentos musicales, […]
_ ¿Y el resto de la semana? – le pregunté.
Nictálope consultó planillas llenas de números y palabras escritas con una letra ilegible.
_ Los domingos flotan teléfonos. Los jueves, barriletes chinos con forma de dragón. Los sábados, camisetas de fútbol. Los otros días puede flotar cualquier cosa. En general, los viejos o estampillas. Una vez, ví a un bañista.
_ ¿Un bañista?
_Un nadador, ¿me entiende? Nadaba en el espacio. Nadaba .
Decidí cambiar el tema.
_ ¿A qué puede deberse que haya alguien que quiere romper telescopios? – le pregunté.
_ Alguien quiere acabar con mi descubrimiento – me dijo en voz baja, como si contara un secreto.
_ ¿Qué descubrimiento?
_ El que le acabo de contar. Este asunto de que se ven cosas en el espacio todos los días. Hay alguien que quiere romper todos los telescopios para que nadie más las vea, y así nadie me crea.
Pensé que aquel diálogo no me iba a llevar a ninguna parte. Así que saludé al doctor Nictálope y me fui.
Mi paso siguiente fue ir a visitar al doctor Orbe. Este astrónomo tenía un aspecto realmente extraño. Era totalmente calvo. Pero como era tan pero tan fanático de la astronomía, se había hecho pintar la como un globo terráqueo. […]
Apenas entré en su observatorio, le pregunté que pensaba de lo que había pasado.
_No sé nada de todo eso – me dijo.
_Pero son sus colegas los que han sufrido los atentados. Son astrónomos como usted – expliqué.
Esto lo enfureció.
_Yo soy el único y verdadero astrónomo – dijo-. Los otros son chantas. ¿Qué pueden saber ellos de lo que hay en el cielo? Para ser astrónomo, tiene que convertirse en planeta. Como yo. Hay que hablar de igual a igual con los astros.
_ ¿Qué quiere decir?
-_Yo tengo mi teoría. Los veterinarios tendrían que aprender a ladrar y a morder huesos para atender a los perros. Los botánicos tendrían que hacer fotosíntesis³ con su y volverse verdes para tratar con las plantas. Y los astrónomos debemos convertirnos en planetas para tratar con los planetas y estrellas. Es muy simple. Por ejemplo ¿usted, que hace?
_Trato de resolver misterios – dijo después de pensar un rato.
_Entonces, tiene  que convertirse usted mismo en un misterio. Así  le  saldrán bien las cosas.
Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirar el globo terráqueo de su cabeza.
_Sigo sin entender para qué se ha disfrazado de planeta tierra…
_Yo no me disfracé, yo me convertí en el planeta Tierra-me dijo fulminándome con la mirada.
Aquello era demasiado.  Me fui antes de que convenciera de que yo era la Luna o algún meteorito.
Decidí cambiar la estrategia de mi investigación.  Esperaría al destructor de telescopios en uno de los más grandes observatorios de la ciudad. […]
La primera noche, no pasó nada. Yo miraba distraído las estrellas por el telescopio. No pasaba nada allá arriba. Estaban quietas y parecían heladas.
La segunda noche, me llevé el , la yerba y la para aburrirme menos.
A las tres de la mañana, escuché un ruido. Alguien estaba abriendo la puerta con ganzúa4. Me escondí  detrás de un armario. El  intruso5  entró en la zona central del observatorio, donde estaba el telescopio. Tenía una linterna con  la que iba alumbrando el camino. Estiré la mano hasta el interruptor de  la luz. Encendí. El doctor Orbe estaba junto al telescopio. En una mano, llevaba la linterna y, en la otra, un enorme martillo con el que se disponía a acabar con el telescopio.
_Sabía que algún día me iban a descubrir, pero no esperaba que fuera tan pronto –dijo Orbe.
_Era inevitable. ¿Por qué rompió los otros telescopios?
Orbe se sentó y dejó el martillo.
_Mire usted, tenía mis buenas razones, aunque nadie me las puede entender.
_Cuénteme –le dije-, tal vez pueda entenderlo.
_Usted sabe que un astrónomo tiene que pasarse la vida mirando el cielo sin que encuentre jamás nada nuevo. Pues bien, yo pude encontrar algo que jamás nadie había visto. Una estrella desconocida. La miré tanto que, al final, me enamoré.
_ ¡¿Se enamoró de una estrella?!
_ Sí, me enamoré y quería que fuese solo para mí.
_ Pero nadie se la va a robar.
_ A robar no, pero la podían mirar. Y yo quería verla yo solo. No quería que los otros astrónomos la descubriesen. Me enfurecía de solo pensar que iban a estar todos mirándola. Era algo que me ponía loco. Yo era el único que me la merecía.
Ahora que usted la descubrió, mi amor está perdido. Ella no será solo mía.
La historia de Orbe me conmovía. Pero cuando estaba por derramar la primera lágrima por aquel galáctico amor, él aprovechó para escabullirse por la puerta que tenía a sus espaldas. Salí corriendo tras él, no fuera cosa que quisiese romper otro telescopio. […]
Yo estaba unos metros detrás de él pero, después de unos segundos, dejé de perseguirlo. Había descubierto algo sorprendente.
Orbe corría en círculos. Mejor dicho, describiendo una elipse, como hacen los planetas. Estaba tan convencido de que su cabeza era el planeta Tierra que no podía correr en línea recta, sino repitiendo el movimiento de nuestro mundo.
Me senté sobre el pasto para mirarlo. El seguía corriendo solo, solo. Daba vueltas y vueltas. Y también giraba sobre si mismo, como la Tierra. Corrió y corrió hasta que cayó sentado. Y se durmió.
A partir de esa vez. Orbe dejó de romper telescopios. Los astrónomos lo convencieron de que aquella estrella seguiría siendo suya. Y en prueba de ello, le dijeron que le pusiera el nombre que quisiera. […]
El le puso a su estrella el nombre de una canción:”La pulpera6 de Santa Lucía”
Los astrónomos se quejaron. Le dijeron que eso era poco serio. Entonces Orbe empezó  a cantar. […]
Con tal de que dejara de cantar, los astrónomos permitieron que la llamara así.
Por otra parte, los médicos lograron convencerlo, después de largas charlas, de que él no era el planeta Tierra. “Está curado”, dijeron orgullosos.
_Estoy curado- dijo Orbe-. Estaba equivocado. Ahora, ya se que no soy la Tierra.
Acabo de descubrir la verdad: soy Júpiter.