Biografía del autor

Cristian Alarcón (La Unión, Chile, 1970), licenciado en Comunicación Social. Ha sido docente de la Universidad Nacional de La Plata y Master de Periodismo en la Universidad de Barcelona. En 1996 ganó la Beca Clarín Fundación Noble. Desde ese año y hasta el 2002 fue redactor del diario Página/12, donde se especializó en investigación sobre exclusión social y violencia urbana.

En 2001 fue becado por la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, dirigida por Gabriel García Márquez, para el taller de crónica a cargo de Ryszard Kapuscinski. Recibió el premio TEA 2001 en el rubro diarios.

Es uno de los co-fundadores de las Asociación Miguel Bru. Fue editor de la revista TXT, luego continuó su camino con investigaciones y crónicas para Gatopardo, Rolling Stone, Soho y en el Diario Crítica de la Argentina. En 2006 fue distinguido por The North American Congress on Latin América con el premio Samuel Kavkin a la integridad en periodismo, por “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia“. En 2010 publicó su libro de investigación sobre el narcotráfico “Si me querés, quereme transa”.

Fue director académico del proyecto “Narcotráfico, ciudad y violencia en América Latina” para la FNPI y Open Society Institute. Editor del libro “Jonatan no tiene tatuajes, crónicas de jóvenes pandilleros de Centroamérica“.

En la década de 1990, en Argentina, podemos ver una  situación paradojal: mientras unos encontraban en el “uno a uno” una posibilidad para convertirse en pequeños burgueses que iban subiendo en la escalera social, en una clase media acomodada, otros comenzaban a quedarse sin empleos por los sucesivos cierres de empresas que hicieron que la pobreza comenzara a expandirse  progresivamente.

La exclusión “o la incapacidad de la sociedad de generar ingresos a través de un trabajo socialmente útil” fue el mayor de los problemas sociales de la década del ´90. A finales de ésta, la burbuja económica creada por la convertibilidad  y el uno a uno, comenzaba a desinflarse, el desempleo empezaba a asomarse a flor de piel conjuntamente con las extensiones de las villas miserias, donde las pastillas de rohipnol habían llegado  para instalarse definitivamente. Convirtiendo al conurbano bonaerense en un lugar totalmente inseguro, con delincuentes cada vez más jóvenes, que poco a poco fueron perdiendo los códigos de los viejos ladrones.

Con la caída del gobierno menemista y la llegada de De la Rúa, todo siguió empeorando, con una policía cada vez más corrupta que encontraba en las villas un gran negocio conjuntamente con los dealers; y en el gatillo fácil una buena forma de manipular el delito.

Síntesis de la obra

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En su libro “Cuando me muera quiero que toquen cumbia. Vida de pibes chorros”, Cristian Alarcón, toma como punto disparador la muerte del joven ídolo popular Víctor Manuel “El Frente” Vital asesinado por la policía bonaerense luego de uno de sus tantos robos que desde su temprana edad cometió. La historia, gira entorno a la vida en la villa, que tras la muerte del que más tarde proclamarían santo popular vio cambiar su fisonomía: los hábitos y los códigos ya no serían los mismos, sólo quedaría la supervivencia a cualquier precio.

Los ejes de esta obra oscilan entre la figura idolatrada de las madres, el aborrecimiento a la policía, la cumbia villera, las drogas y la traición.

Un antes y un después puede marcarse tras la muerte de “El Frente” un 6 de febrero de 1999. Son los lazos de amistad que forjó esta mítica figura, los protagonistas de la obra de Alarcón, quién a través de su relato da cuenta de los que pudieron salir de la situación de “pibe chorro” así como también de aquellos absorbidos por dicho contexto.

Eje 1: Nuevo Periodismo

En este nuevo género periodístico, el autor encuentra en la narración el instrumento que  le habilita a formar la representación de cada uno de los personajes para la construcción de cada capítulo. En este sentido, el periodista chileno debió inmiscuirse dentro de la villa para poder llegar a conocer a cada uno de los amigos y familiares,  armando con esos datos  la vida de “El Frente”.

El relato en primera persona que realiza el escritor es intercalado con la narración ficcional de la historia contada por los protagonistas, permite reconocer diferentes pasajes de la vida de quienes viven en la villa. Además de utilizar en reiteradas ocasiones la memoria visual para dar cuenta de la forma de vida y las casas de cada uno de los personajes.

“La villa fue al comienzo un territorio mínimo, acotado, unos pocos metros cuadrados por donde me podía mover. El extrañamiento del foráneo al conocer los personajes y el lugar, el lenguaje, los códigos al comienzo incomprensibles, la dureza de los primeros diálogos, fue mutando en cierta cotidianeidad, en la pertenencia que se siente cuando se camina una cuadra y se cruzan saludos con los vecinos, se comenta con alguno el tiempo, se pregunta por dónde andarán los pibes, siempre tan difíciles de ubicar, sin horario alguno, respirando a bocanadas el momento inmediato, el momento mismo en el que se está sin que una próxima actividad, un compromiso tomado, le ponga punto final al presente por imposición del futuro” (ALARCÓN 2003: 45)

Una de las características de nuevo periodismo es la utilización del lenguaje urbano para ser más fiel la descripción del relato. Este tipo de recurso se manifiesta en toda la obra de Cristian Alarcón.  Es a través del diálogo y de los testimonios, que el autor construye este lenguaje. Dichas características pueden apreciarse en el siguiente pasaje:

“Cuando estaba él nadie bardeaba, ahora quieren ser más que vos, no existen y se las dan de guapos. Él era sólo mirarlos y: ‘ Qué onda ustedes?’. O: ‘Rescátense! ¡Este es mi barrio!’.” Por si no queda claro Chaías reproduce un diálogo: —Vos sos un atrevido! ¡Así no, loco! —reprendió el Frente a uno que se había quedado con el revólver que le había prestado un vecino de la villa. —No, Frente, pará, por favor pará —intentó defenderse el osado. —Tómatela guacho, ¡no te quiero ver más acá! «y lo agarró a cachetazos”, cuenta Chaías sobre el “atrevido” que quebró esas leyes viejas como la pobreza que han pasado a desuso de la mano del crecimiento exponencial de la pobreza” (ALARCON 2003: 58-59).

De esta forma la investigación periodística se combina con la literatura, dos requisitos excluyentes del nuevo periodismo:

“El Ale, un pibe ancho y fuerte con el que Víctor había estado preso, quedó con el torso dispuesto a las balas policiales al tratar de llegar al final de un pasillo con el impulso de la carrera, y cayó. Víctor disparó desde un cerco. Logró retener la avanzada policial con la ráfaga que soltó. Así, cuentan los testigos, llegó hasta su amigo, ya desangrándose en el barro, inmóvil, mudo. Lo alzó como se alza una doncella en un cuento medieval. ‘Lo sostenía con los dos brazos y por abajo del cuerpo del Ale no dejaba de tirar’, me habían contado varios de los amigos del Frente en lo que siempre me había parecido una escena mítica a ratificar”  (ALARCÓN 2003: 188)

Eje 2: El periodismo vuelve a contar historias – Tomás Eloy Martínez

Tomas Eloy Martinez afirma: “El periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez”.

“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” busca  desmenuzar no sólo el por qué Víctor Manuel Vital se convirtió en una especie de santo para los chorros, sino también busca acercarnos a una realidad que no todos conocen, la de los pobres y marginados de las villas. Donde se desarrollan robos, traiciones, y muertes.

“EL periodista es, ante todo, un testigo: acucioso, tenaz, incorruptible, apasionado por la verdad, pero sólo un testigo” afirma Martínez. Con respecto a este punto, el autor Chileno se adhiere a este planteo y lo ratifica cuando al comienzo de su obra hace la siguiente aclaración: “Las identidades de los personajes de esta historia han sido cambiadas para preservar su integridad”. La relación que va construyendo el autor con los habitantes de la villa, ingrediente excluyente de toda investigación,  hace que en el transcurso de la misma, el periodista,  vaya convirtiéndose “en uno más” de la villa:

“Esperamos todos a que llegaran las cinco de la tarde, la hora de la única visita diaria a los pacientes de terapia. Yo no sabía por qué motivo tenía que entrar, pero como si cayera de maduro que así debía hacer, Estela y Matilde me indicaron que me pusiera en la fila. En un pasillo interior se amontonaban los familiares de los enfermos: caras desencajadas, murmullos sobre los últimos diagnósticos, el silencio hospitalario quebrado por el respetuoso sonido de la pena. Entramos de a uno” (ALARCÓN 2003:112).

Eje 3: Ficciones verdaderas – Tomás Eloy Martínez

A partir de un dato, Alarcón, se dispone a investigar una historia cuyo epicentro es el asesinato de un ladrón en manos de un policía pero que termina siendo algo mucho más grande: el relato minucioso de lo que es vivir en una villa miseria. Es por eso que consideramos la frase de Tomás Eloy Martínez como la que define, sin lugar dudas, la obra ya mencionada: “Un determinado episodio de la realidad suscita en el narrador un inmediato interés, acaso no por el episodio en sí mismo,  sino por toda la red de significaciones que desata”.

“Como si él y su poderío místico incluyeran la condena y la salvación, el mito del Frente Vital me abrió la puerta a la obscena comprobación de que su muerte incluye su santificación y al mismo tiempo el final de una época. Esta historia intenta marcar, contar ese final y el comienzo de una era en la que ya no habrá un pibe chorro al que poder acudir cuando se busca protección ante el escarmiento del aparato policial, o de los traidores que asolan como el hambre la vida cotidiana de la villa” (ALARCÓN 2003: 18-19).

Según Martínez, en las ficciones verdaderas hay una mutua complicidad entre el autor y el lector, un diálogo de iguales, en el que aquel expone todos los sentimientos, modos de ser, rumores y culturas que ha recogido de su comunidad.

“Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma y que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía. Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro rodeado por los otros equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera” (ALARCÓN 2003:34)

Eje 4: Narrativa – Ochs

Para Ochs los relatos tienen que ver con sucesos dignos de mención, en este sentido, Alarcón cree que es un hecho interesante contar cómo un joven chorro  terminó convirtiéndose en santo para sus amigos y allegados. También tienen un objetivo que organiza la construcción misma (Ochs). El objetivo en “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” es dar a conocer los hechos que hicieron que Vital  sea santificado por la gente de la villa, y desmenuzar el accionar corrupto de la policía, al igual que las situaciones de vida de los marginados.

Asimismo Ochs destaca que los relatos son selecciones más que reflejos de la realidad,  el autor es quién elige qué contar, resaltando algunos  hechos o circunstancias y omitiendo otros, en este sentido, Alarcón omite dar detalles sobre un enfrentamiento en el que murió una niña:

“Pasaron varias horas y unas cuantas pastillas hasta que se enteraron que en el tiroteo una de las balas, perdida, rebotando en el revoque grueso de las paredes y en alguna chapa que otra, maté a una nena que jugaba a la mamá en un rancho cercano. La familia de la niña acusé a los chicos ante la justicia. Ese homicidio le significó no pocos problemas a Simón y persigue todavía hoy a Manso. Cuando me lo contaba, así al pasar, así sin más que una indicación breve sobre el ‘par de tiros’ percutados, recordé las veces que Mati, su madre, y Estela, su hermana, me hablaron sin dar detalles del ‘accidente de la nena’” (ALARCÓN 2003: 88-89)

Eje 5: Textos facticios – Albert Chillón

Para Chillón, los textos ficticios tienen ciertas características que los diferencian de otros géneros.

“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, no se ajusta estrictamente a cánones de una investigación periodística, ni a los de una biografía-retrato, o a un ensayo sino que mezcla un poco de cada una de ellas por lo que se  ubica  dentro de la prosa literaria testimonial que lo enmarca dentro del “Nuevo Periodismo”.

En la obra de Alarcón se pueden visualizar pasajes de periodismo literario, como así también de otros géneros literarios de carácter testimonial–diario, relato de viajes, memorialismo, biografía-retrato, etc como pasajes entre los que se pueden encontrar facetas de documentalismo, o historias de vida.

“Todo acto de dicción es también un acto de ficción” asegura Chillón.  En este caso podemos decir que Alarcón utiliza los dichos de otros, recrea a través anécdotas, frases, rumores la historia de lo que fue el Frente Vital. Son las voces de los demás quienes hablan por el ladrón santificado.

“Como recurso se usan múltiples voces que proporcionan un contrapunto. Los personajes principales, líderes, aparece poliédricamente pintados por las voces de diferentes testimonios y, al mismo tiempo, todos juntos, conforman un coro multitudinario y anónimo: son entes sin biografía ni personalidad definidas, simples voces desprovistas de corporeidad” (Chillón). En cada uno de los testimonios: el de Sabina Sotelo (madre), de las ex novias: María, Laura y Paola; amigos: Manuel, Simón, Javier…su maestro en el arte de robar: Mauro, sus enemigos: los dealers, Tripa, Brian, entre otros, encontramos las huellas que dejo Victor Manuel “El frente Vital”, si bien no es un fusilado que vive en palabras de Rodolfo Walsh, se trata de un fusilado santificado, como aquel Che Guevara, ícono de la revolución.

Alarcón elige la muerte de este joven delincuente para dar cuenta de las vivencias, los temores, las alegrías que envuelve este círculo social que pretende ver en lo que fue la figura de este ladrón a su protector. Muertes, robos, engaños, son los lados de una misma moneda, parecería que nada se cuestiona, llega un momento en que cada acto se naturaliza y la frase que se hace eco es la de, “esto es así, esto es la villa”:  vida y muerte se entrecruzan como el hecho tan simple de tomar un colectivo, no son  monedas las que se disputan sino vidas.