Esta es una clásica  fotografía de todo aquel aventurero que se entrega a las maravillas patagónicas. El Chatén o Cerro Fizt Roy es el centro de interés de los aficionados del alpinismo. Pero unos cuantos saben su verdadera historia y muy pocos entienden el misterio que encierra la  joven que, como en esta foto, siempre insiste en no perder de vista al Chaltén.

Cuentan los mapuches que   hace cientos de años, existía una tribu mapuche  allá donde los punewenes  (energías ancestrales)  moldean los hielos  y el kimü (sabiduría) de la Ñuke Mapu   los abrazó  con eternas cadenas de montañas,  que  ahora los “winkas” llamamos Cordillera de los Andes.  Aquella milenaria tierra mapuche, venció todos los tiempos, y aún hoy persiste,  y  en honor a él, lleva su nombre: “Chaltén”.

Por aquellos tiempos,  cuando los días sabían a libertad,  existía un joven mapuche, futuro lonko (cacique) de la tribu.  Su padre, impulsado por la bravura y solidez   del muchacho lo llamo Chaltén,  que en el mapuzungum  (lengua mapuche) significa “cerro humeante”.

Chaltén era un joven aguerrido, y no era para menos, llevaba en él la responsabilidad de guiar  y conservar  las costumbres  de su pueblo. Sabía que muy pronto debería tomar el lugar de su ya cansado padre.

En esos días, había llegado a  los oídos  de Manke, el actual lonko, noticias sobre “winkas” (hombres blancos) que venían a  “proponer cultura” a fuerza de palabras y  a punta  de fusil. Entre  otras cosas, supo que muchos peñis (hermanos mapuches) que habian dado abrigo a los nuevos hermanos, fueron traicionados y despojados de sus tierras. Alarmado por la situación, Manke acudió a la sabiduría de la Machi (sabia curandera),  quien le dijo que la Ñaku Mapu  (madre tierra) prometía proteger los cielos y horizontes de sus tierras y a cuanto hijo de ella se cobije en esos suelos, si  Chaltén ofrendaba la pureza de su sangre a los punewenes ancestrales.

Y así, el Cameruco (ceremonia de ofrenda) se realizó  al caer el día y cuentan que esa noche los punewenes de los pillan, el antü y el küyen se alinearon en el espesor del azul de los cielos. Prometieron fraternidad  eterna para el pueblo mapuche con la sola condición de que todos los nuevos lonkos renovaran el Cameruco, siendo indispensable para ello mantener  el linaje de la sangre pura y un corazón virginal, que solo después de estar santiguado por lo punewenes, podrían entregar  a una mujer mapuche para continuar con la descendencia.

Al reunir Chaltén  las dotes necesarias,  la alianza se concretó sin ninguna objeción. pero en  las nebulosidades de esa ceremonia, la machi tuvo un sueño, en el que  le advertía un claro de luna blanca  en el corazón del joven Chaltén  que podía significar la extinción de toda la raza.

Advertido Manke del  mal augurio, dedicó sus últimos años a ser la sombra de su hijo. Pasaron cientos de lunas, los ancestros cumplían en proteger al pueblo y finalmente, Chaltén  se eclipsó del kimú que por linaje, debía tener. Ya cansado de sus años, Manke se durmió en el sueño eterno,   teniendo la seguridad que su hijo, velaría por su estirpe, y eso mismo le afirmaría a los punewenes a la hora de su encuentro  en el horizonte ancestral.

Una  noche blanca, llegó a esas tierras patagónicas, una bella mujer. Nunca supieron de donde vino,  se decía  que  su newen (esencia, alma, energía ) encerraba los misterios del  Küyen (luna).

Tenía una piel tersa, y  para el estupor de los mapuches, llevaba en ella el color límpido de la nieve.  Poseía  ojos oscuros de  “cuarto menguante”  que  matizaban su penetrante mirada.  Sus largos cabellos habían sido teñidos de un negro azabache tan  tinto como el eterno amante de la luna: la noche. Llevaba en ella tanto de la luna, que  a los sabios de entonces, se les escuchaba decir que el küyen blanco (luna) reencarnó en su corazón. Y entonces la llamaron Aonikekn.

Rara vez Aonikekn  iba al poblado, prefería vagar por los bosques de añires, lengas y maitenes; muchos aseguraban que tenía cierta pasión por los pillan (cerros y montañas).

Para ese momento, Chaltén ya convertido en lonko, decidió hacer caso a los consejos de la vieja machi, quien preocupada le aconsejó que enajenara a la misteriosa joven de esos lugares. Por varios días mandó a sus hombres a buscarla pero nunca la encontraban. Hasta que un atardecer, decidió encargarse él mismo del asunto y se lanzó bosque adentro, rumbo hacia los confines de las montañas.

Justo cuando el antü (sol) se refugiaba en los pillan, la figura de Aonikekn apareció inesperadamente ante él.  De la misma  forma en la que el día muere  súbitamente  ante la noche, la bravura de Chaltén se desvaneció frente al resplandeciente céfiro fresco de  Aonikekn.  Lo que pasó después es un misterio más que se llevo el manto de la noche.

Lo cierto es que Chalten nunca imaginó  que algo de esto pasaría, que un amor prohibido de repente a su vida llegaría. Que no era posible tanta pasión. Y sin darse cuenta involucró al corazón en las caricias, en aquella noche de placer donde esa mujer cumplió sus  fantasías. Sellaron sus almas, y con ello, el exterminio de todo un pueblo.

Los punewenes  estallaron  ante  el mar  de perjurio, desbordados de ira, quitaron su protección a toda  “gente de la tierra”. Al amanecer,  los winkas llegaron hacia esos lugares, y sometieron con saña a cada uno de los mapuches. Profanaron sus tierras y aniquilaron  la sabiduría del pueblo.

Enardecida ante tanta destrucción  debido a la infidelidad de Chaltén, la Ñaku Mapu lo castigó  con  un sufrimiento perpetuo. Así decidió enaltecer la bravura  de Chaltén, que jamás debió ceder ante los encantos de Aonikekn; con tanto resentimiento que colapsó su rigidez en la misma tierra, convirtiendo al  joven lonko, en el pillan más alto e insensible  que  nunca jamás existió en la faz de la tierra. Y lo eternizó en medio del resto de las montañas que forman la cordillera de los Andes. Desde ahí, está condenado a observar  el dolor que sus hermanos, todavía en estos días, siguen sobrellevando por su culpa. Regio y soberano, pero cubierto de tanta nieve como de impotencia por no poder ayudar a su sangre ni ser libre para amar a  Aonikekn, se encuentra  hasta estos días, anclado al suelo que su corazón traicionó.

Al sentirse burlados por la palabra de  que había sembrado en su hijo fidelidad indeleble, los punewenes ancestrales, furiosos, desterraron a Manke de su sueño eterno y  expulsaron su alma de aquellos cielos. Como un último intento, el alma del pobre viejo pidió clemencia a la Ñaku Mapu, quién sin librarlo de su culpa, le concedió vida eterna, para poder remediar el grave  descuido y la confianza ciega  que tuvo con su hijo. Y  junto a esa inmortalidad, lo convirtió en cóndor y lo sentenció a volar incansablemente en la cima del Chaltén,  vigilando día y noche para  que,  ninguna  otra vez,  vuelva a acercarse la joven doncella que desató tanta miseria.

Desde esos días, a Aonikekn nunca la volvieron  a ver. Cuenta la leyenda que jamás dejó de buscar a Chaltén y que  pagó con perpetua desolación el dolor del genocidio sufrido por el pueblo mapuche. Que desde ese entonces, su pasión por los pillan se convirtió en una  alucinación desmedida   y que la muerte la encontró, con el alma desolada y el  cuerpo descuartizado de tanta desesperación.  Y que su desfallecida alma no encontrará  la paz, hasta volver a los brazos de  su amado Chaltén.

Cientos de años después, en estos nuevos tiempos que corren, algunos pobladores aseguran que después de ciertas noches blancas, se puede ver en lo alto  de los senderos   que lleva a un mirador situado frente al Chaltén; la figura de una bella mujer, vestida de eterno luto, cuya piel blanca y cabellos renegridos  parecen ser de Aoniken …

…  Alguna mapuche  sobreviviente,  descendiente de las ancestrales machis, supo decir, que es el alma de Aonikekn, que   entre sus febriles  pillan, encontró a aquel amor prohibido por el que fue condenada a divagar millares de años. Pero que la perpetua pesadez de su alma en pena, todavía no logra  despojarse de la condena, porque en la cima del Chaltén existe un cóndor que vigila de sol a sol, para  que  Aonikekn jamás se acerque, no quedándole otro consuelo, que contemplarlo desde lejos.

Y ese cóndor que uno siempre ve melodiar en los cielos, cerca del Chatén es Manke, cuidando la esencia de lo que cierta vez fue la sangre más pura del pueblo mapuche. Dedica su eterno vuelo al cuidado celoso del imponente pillan, porque sabe  que ella  estando lejos de sus besos, no lo olvida y si vuelve, pueden amarse sin medida. Y es por eso que, ella sigue siendo su amante todavía.

Es por tanta historia enredada de pasiones prohibidas y  ríos de sangre, que si llegas a ver a esta doncella, respeta supadecimiento con  silencio, y en memoria a tanta muerte inocente, evoca los newenes de ese lugar y pedí que el Chaltén jamás despierte y los amantes no vuelvan a unirse; porque otro exterminio ocurriría… Simplemente acuérdate de pronunciar  AONIKEKN  CHALTEN  “que el claro de luna blanca no brille para el cerro humeante”.